lunes, 14 de septiembre de 2009

El comienzo de todo: el incidente crítico

Hoy les contaré cuándo, cómo y dónde empezó mi historia para olvidar en el Ayuntamiento de Santa Lucía. En todos los libros y documentos que tratan el acoso moral en el trabajo (o mobbing) se refleja que, muy frecuentemente, ocurre un hecho puntual que de alguna manera marca el inicio de una posible historia de acoso y represalia. A ese hecho puntual se le conoce como el incidente crítico.

Pues bien, el incidente crítico de mi historia ocurrió en el mes de julio de 2.005 cuando, tras superar un concurso de méritos y volverme a incorporar al puesto de trabajo como Jefe de Servicio de Salud Pública, Drogodependencias y Consumo, me reuní por primera vez con una concejala del Ayuntamiento en su despacho. El diálogo de bienvenida fue algo así:

Concejala (C): Buenos días Pablo.
Yo: Buenos días C. Te he visto estos días atrás en el Ayuntamiento, pero como te veía ocupada pensé que era mejor tratar los asuntos tranquilamente en una reunión y no por los pasillos…
C: Sí, sí, he estado muy liada, por eso te pido disculpas por no podernos reunir antes.
Yo: No pasa nada, yo he aprovechado para ponerme al día con la situación del Servicio y con los expedientes de Salud Pública…

Hasta aquí la conversación transcurría de un modo muy cordial y correcto. Yo observaba a la Concejala muy atentamente. En ese entonces era muy joven, tenía una cara casi angelical, yo al verla no podía evitar el preguntarme: ¿por qué no quisieron que siguiese Benito? Todavía no comprendía muy bien lo que había pasado anteriormente...

Pero, en este punto de la conversación, la joven Concejala me lanzó su propuesta lapidaria:

C: Pablo, te hemos preparado esta ficha de afiliación al partido, porque sería interesante que la firmaras y te unieras a nuestro proyecto…

En ese momento, tras dos o tres segundos sin poder reaccionar, cogí la ficha de afiliación y mientras la leía pensaba: “este “mérito” no estaba en las bases de la convocatoria del concurso…”. Tras terminar de leer la ficha (a la que sólo le faltaba la fecha y estamparle mi firma), levanté la cabeza y, mirando a la Concejala con una cara que me notaría contrariada, le comenté:

Yo: De momento no voy a firmarla, porque no tengo clara mi ideología política… Lo que sí les ofrezco son mis servicios como técnico, pero de todos modos me la llevaré y si más adelante me decido pues te la traigo firmada…
C: Sí, sí, tú piénsatelo y si te animas ya sabes. De todas maneras, nos tenemos que reunir de nuevo en los próximos días para ver los asuntos que me traes, porque ahora tengo una reunión importante y me tengo que ir.
Yo: De acuerdo. Ya buscamos un hueco en estos días para vernos. Hasta luego.
C: Hasta luego.

Desde ese momento, yo sospechaba que no firmarles ese documento no le iba a gustar al grupo de gobierno del Ayuntamiento, por lo que guardé la ficha con cuidado en una funda de plástico por si se me ofrecía en un futuro para alguna cosa (si me la devuelve la Jueza, la escanearé y la colgaré aquí para que la vean).

La consecuencia directa de mi negativa a afiliarme al partido de Don Silverio Matos no tardó en llegar: en la siguiente reunión con la concejala, ésta me ordenó verbalmente que a partir de ese momento sólo me iba a encargar de Salud Pública y de la Oficina de Consumo, y no iba a coordinar los recursos de Atención a las Drogodependencias ni la Unidad de Cáncer. De tener casi cuarenta trabajadores a mi cargo, pasé a tener a tres. Saquen sus propias conclusiones.

En breve seguiré contando una a una todas las anécdotas y vicisitudes de mi historia.

P.D.: Por si alguien no sabe lo que es una ficha de afiliación a un partido político, les explico: es un papel que algunos trabajadores firman para caer bien a los políticos y para tener el “terreno” favorable en un futuro cuando opten a un puesto fijo, y que otros no firman si no están plenamente convencidos de que ese partido refleja su opción política, ya que para ellos es algo que se asocia a convicciones muy profundas. Yo me incluyo en estos últimos.